humo y polvo en un akelarre de la nacho

Por Brisa – 2015

No es que uno espere mucho de lo que ahora pareciera ser más una vieja leyenda no tan antigua que la promesa cumplida de una noche de excesos. La noche anterior, el miércoles, se dice que el rector de la universidad envió un correo a toda la comunidad universitaria —eso incluye a vendedores de chucherías, amantes del porro y la pola, y demás gentes del común— en el que anunciaba que la universidad, el día jueves 29 de octubre, estaría bajo un esquema de seguridad riguroso para que quién sabe qué no entrara a la Ciudad Blanca. Medida diferente a la tomada años anteriores, en los que se cerraba la universidad los últimos dos días de la semana porque una fuerza oscura, balcánica y bohemia amenazaba el orden de esta viejita sabia con bastón que dice ser la Universidad Nacional; y entonces esa fue la mejor medida que se le pudo ocurrir a la administración para evitar al que no puede ser nombrado: ¡el akelarre!

Ese día, el jueves, me escribieron muy temprano, como a eso de las 8: «¡Pilas, parcera, que hay la de tombos a la entrada de la U y están requisando a la gente!».

¡Qué visaje!, pensé. Así que tomé mi cámara y me fui pa’ la Nacho, a ver qué pasaba o con qué gran artilugio nos sorprendía el glorioso vicerrector. Lo primero que usted se encuentra, si fue a la ciudad grafiteada ese día por la mañana, es que solo se podía entrar por una puerta que hay junto a una oficina del Banco Popular, por la calle 26; o sea, el resto de entradas estaban como Dios manda: con cadena y candado.

Entonces tocaba darle la vuelta pa’ poder conseguir entrar a la universidad pública más representativa del país; aunque tengamos que aceptar que en cuestiones de akelarres ya no lo era. ¿Y quién se atreve a tomarle una foto a un tombo? No…, qué video. Yo no fui capaz, por lo menos; por ahí se dice que hasta le cascaron a una gente que se resistía a ser requisada. Y pues sí, resulta como raro que uno vaya pa’ clases y se encuentre bajo la custodia de la Policía Nacional, como si de una población potencialmente peligrosa se tratase.

Como a eso del mediodía, un grupo de jóvenes se amontonaba desde la parte de adentro de la portería de la calle 26, contemplando —y otros tantos animando— cómo algunos de ellos intentaban, con picas y azadones, romper las cadenas y los candados que, según ellos, privaban a la gente de su universidad pública, que distaba mucho de ser lo que la administración pretendía que fuera. Así, luego de unos minutos e innumerables golpes efectuados, como en la trama de una tragedia griega, estos hombres obstinados lograron romper las cadenas que le ponían límites a la razón, a los hombres y a su imaginación, abriendo finalmente las puertas del campus.

Y entonces, sin entender muy bien qué pasaba, me propuse parchar solo, entre dudas epistemológicas y otras tantas inquietudes banales. No sabría si enumerarlas o atreverme a quemar, en trance de techno, la marihuana que no se colaba por mis pulmones hacía dos semanas. Jóvenes joviales, llenos de vida, cazadores de drogas y mitos, que se rotan picosos porros de marihuana entre ellos, dejándose llevar por una espesa nube de humo de sietes, nueves, king sizes y otros más osados artefactos. Allá está esa guapa costeña de dientes grandes que siempre castiga mis ojos, como recordándome que nunca sacio mis pasiones constitutivas. Zapatos underground que se padecen en este jardín mientras sacudo la cabeza y decido si drogarme o no, si drogarme, no. Y cuando aún no me pongo de acuerdo en cómo llamarle a esas sustancias, si psicoactivas o no, o amor, o cariño, dulzura, trampa, pasadizo, cadena, alas, vehículo, hueco, la nada, mi perdición o la gloria del yo, me fui a buscar un camellito que me fíe. Y, en efecto, allí se encuentra posado, con la despreocupación natural de la juventud, mi dealer de confianza. Y para que no se nos llene la boca de revolución moralista, les aclaro que Fred es un honrado traficante y, estudiando química, me lo encuentro todos los días.

—¿Pues qué chimba, si pilla?
—Yo estoy pensando en cambiar los trips por la marihuana.
—¿No es al revés?

—Eso, sisas —le dije entre risas—. Es que estoy re traba.

Y sí. Sí. Terminé comprando marihuana para tener más solvencia analítica, porque no es que me guste la hierba, es que me gusta lo que soy cuando ella entra en mis venas. El jardín vienés está lleno, hay la de people dándole vida, recordándole por qué fue bautizado con el apellido de un necio psicoanalista que dudó de la modernidad y su vanagloriada conciencia, del progreso y otras tantas pavadas. El Jardín de Freud me plantea sospechas absolutas, inseguridades certeras, certezas decadentes y una que otra inspiración para escribir crónicas de periodista mediocre.

Tipos de bigote, jipis mochileros, extranjeros felices de la pelota, vendedores de cannabis, de postres, empanadas; primíparos jugando al balón; jóvenes solitarios leyendo magnas obras que no son para entender… y así, a veces, me siento como un grafiti… sin límites, como en la frontera, más bien, por la que tanto nos amenazan; como un cruce de caminos; como humo en el Freud.

Como malabares en el aire, y ya no volví a toser. Entonces roté la pipa, ¿porque qué, qué, papi?! Y el ñero se cagó de la risa porque le cortaron los datos y ahora ya no se acuerda de quién es…; como si alguien lo supiera, pensé yo. Y un loquito me intercedió…

—¿Le puedo robar un ploncito?
—Claro que sí.

Asentí con una certeza en mi sonrisa, como si lo estuviera esperando, que extrañó a mi forastero interlocutor.

—¿Cómo vamos? —le pregunté, como si fuera evidente que el destino nos condena.
—Bien, cansado, güevón, estaba camellando.
—Yo soy músico de la Fernando Sor, de acá al lado, pero estaba en un casting ñero, que porque necesitaban metaleros; pero no…, me dijeron que bailara reguetón y pues yo les dije que les bailaba, pero otra cosa.

Como si no quisiera profanar su aparente y consolidada identidad, como si por momentos olvidara que la existencia se torna entre la actuación y su olvido. Y así, entre palabras y patas, se nos fue la tarde sin darnos cuenta de que el Jardín de Freud se había inundado de toda clase de gentes. Fue como en el transcurso de dos horas que esta fiesta criolla y bohemia, llena de excesos, se consumó, como bien se viene haciendo, según cuenta la leyenda, desde el año 1979: sin staff, sin cover, sin mesas y entre fogatas y topless, la gente se soyaba entre punk, reggae, deep house, techno, entre otras pistas psicodélicas. Ya no es una fiesta de brujas, pero aún se conserva su carácter transgresor, de esos que lamentarían seguramente sus abuelitos —si es que no son tan chirris como usted—.

—Pepas, pepas, marihuana, cerveza —ofrecían personajes anónimos entre la sombra y la luz—.
—¿A cómo la marihuanita? —preguntaban por ahí.
—A cinco y diez luquitas.
—¡Eso, vamos a pegarlo!

Para viajar, para perderse, para encontrarse, para ignorar que la vida pasa y no hacemos nada o para consumirse en un ritual hedonista en donde las brujas no bailan.

Yo me pregunto qué hace toda esta juventud pagana, negada por la autoridad académica e institucional, participando de estos rituales que se difuminan en mil sentidos a la vez, o todos o ninguno. Gente en ropa interior; respetados bebedores vaciando sus estómagos por defecto; jóvenes en éxtasis, alucinando con sapos e iguanas psicodélicas que les regresen la ilusión de una juventud con divino tesoro. Se especula que se congregaron en este recital hedonista alrededor de 800 personas, en donde los licores, las hierbas y demás sustancias hacían que todo aquel que presenciara el lugar se viera inmerso en una atmósfera sombría, como templo de las correrías.

¿Cómo describir tan magno evento?, en donde todo tipo de seres extraños habitan el Jardín: duendes, gnomos, enanos, pitufos, intelectualoides, elfos, hadas y otros tantos humanoides sobrenaturales que salen en una noche de octubre a ver lo que brindan las brujas. Más allá de donde nace esta crónica, queda la resaca por la brevedad del akelarre, por la brevedad del instante que te recuerda que el destino es inevitable

y este inabarcable.

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